
Por: Dr. David Mauricio Andrade
Como médico, he aprendido a identificar síntomas antes de que sea demasiado tarde. El cuerpo humano avisa cuando algo no anda bien: una fiebre, un desfallecimiento, una inflamación son señales de alerta. Y últimamente, el Tolima me duele. Me duele como territorio, como comunidad… como un paciente crónico, abandonado por quienes juraron cuidarlo.
Recorro hospitales sin insumos, centros de salud rurales que se caen a pedazos, personal médico que resiste más por amor que por condiciones dignas. Y me hago una pregunta que no tiene respuesta en el consultorio: ¿Dónde están nuestros congresistas? ¿Dónde están los representantes que con tanto fervor prometieron, en campaña, “gestionar por el Tolima”?
Las respuestas son cada vez más evidentes. En el Congreso hay más selfies que soluciones, más presencia en redes sociales que en el territorio, más discursos vacíos que resultados tangibles. Mientras tanto, aquí seguimos con niños caminando kilómetros para llegar a la escuela, con pacientes esperando meses por una cita, con carreteras en ruinas que nos desconectan. Eso también es violencia. La más silenciosa. La más cobarde.
Pero lo que más alarma es el modelo de liderazgo que se está perpetuando. Hoy, pareciera que en el Tolima se gana una elección no por ideas ni por proyectos, sino por chequera. El liderazgo se ha convertido en un mercado: el voto cuesta, el activista cobra, el poder se reparte como botín. Como si gobernar fuera administrar un negocio familiar, y no una responsabilidad con el pueblo.
Ya es hora de decirlo con claridad: no se puede seguir normalizando que las campañas se ganen con fajos de billetes y nóminas paralelas. No todo se puede comprar. No se puede comprar la dignidad, ni el dolor de una madre que pierde a su hijo por falta de atención médica. No se puede comprar la vergüenza de ver escuelas en ruinas, o acueductos prometidos que nunca llegan.
Y, sobre todo, no se puede comprar el respeto de una región cansada de ser usada y abandonada.
El Tolima no necesita más caudillos de papel, ni caciques de urna. Necesita gestores, dolientes verdaderos. Gente que no vea en el poder una herencia, sino una oportunidad de servir. Porque el liderazgo que nace de la compra de votos solo garantiza una cosa: cuatro años más de olvido.
Como médico, no puedo quedarme callado mientras mi tierra se desangra en silencio. La medicina me enseñó que los diagnósticos más certeros nacen de escuchar al paciente. Tal vez sea hora de que la ciudadanía escuche su propio dolor… y le pregunte a quienes dicen representarla: ¿qué han hecho por nosotros? ¿Qué han hecho con el poder que les dimos?
Porque mientras sigamos eligiendo a quienes ven la política como negocio, el Tolima seguirá enfermo. Y lo más grave: llegará un momento en el que ya no haya cura posible.
Un pueblo que no recuerda su pasado está condenado a repetirlo. Por un TOLIMA SALUDABLE.